Pocos costarricenses aprecian el inmenso beneficio que el turismo ha representado para el país, sobre todo las nuevas generaciones. Hubo una época, antes de los años ochenta en que nuestra economía era poco diversificada, basicamente : cafe y banano. Costa Rica era un país desconocido en el mundo. Practicamente ni hoteles habian. Hoy hay más de cuatro mil. Cuál fue el factor que disparo el auge del turismo? Sin duda fue obra de la acción consciente del Estado, cuando todavía teníamos políticos visionarios que creian en el rol creativo del Gobierno y del Congreso.
Se aprobó legislación que permitía a los extranjeros residir en Costa Rica permanentemente si demostraban tener patrimonio propio y este se invertía en el país. A cambio, el Estado los exoneraba del pago de impuestos de importación por la traída de su vehículo y de su menaje de casa. Empezaron a llegar poco a poco; alemanes, norteamericanos, italianos, etc. Se fueron integrando a la cultura nacional e invirtieron en casas, restaurantes, hoteles, discotecas, bares, etc. Esta sencilla política de incentivar a los extranjeros, dentro del marco del sano Estado intervencionista, nunca fue muy bien visto por los sectores mas conservadores de esta sociedad, que siempre han considerado inconveniente la llegada de capitales extranjeros. Tarde o temprano matarían el diluvio de extranjeros, llamados residentes rentistas o residentes pensionados, derogando las normas que creaban este positivo clima de atracción de inversiones y fusión de culturas, por razones que aun hoy en dia se desconocen.
Pero los tres mil extranjeros que se asentaron en territorio nacional se encargaron de que el mundo al fin conociera este paraíso y empezó el turismo a llegar a raudales. Fueron ellos mismos los que en su mayoría crearon la infraestructura turística, ya que los ticos no creían en el turismo nacional ni en sacar de sus bolsillos un cinco para mejorar la calidad de las facilidades existentes o crear nuevas condiciones para el desarrollo de esta actividad. Por ello casi todas las empresas turísticas pertenecen a extranjeros. Ellos, como los Barceló, tuvieron mayor confianza en este segmento de la economía, que los propios nacionales. El costarricense en general no tenía conciencia del potencial que nuestra extraordinaria naturaleza representaba para el mundo entero. Era como si estuviéramos anclados al monocultivismo para siempre.
Por cierto, esto me recuerda una anécdota. Estando en Nueva York fuimos a comprar boletos para asistir a una función en Broadway; en el lobby del hotel los vendian, asi que nos acercamos a la señora encargada, y después de hacerle varias preguntas nos vendió los boletos. Pero ella no dejaba de mirarme de una manera extraña, hasta que finalmente se atrevio a preguntarme: de donde es usted? No lograba ubicar mi nacionalidad y eso la intrigaba inmensamente. Supongo que ese era su hobby, ante un trabajo tan monótono: adivinar de dónde viene cada sujeto que se paraba frente a ella. Habiéndome criado en Estados Unidos desde muy pequeño, mi buen ingles no delataba mi condición de latino. Pero las proporciones de mi cuerpo tampoco sugerían la presencia de un anglosajón. Esa asimetría que tenia frente a si no le iba a permitir dejarme marchar en paz sin llegar al fondo del misterio. Asi que finalmente le dije con voz fuerte, sonora y orgullosa: Costa Rica. «Oh my God, you are from Costa Rica?» » Yes, yes, yes,» le conteste. Y exaltada, como quien hubiera descubierta un tesoro, me dijo en muy mal castellano: Tortuguero, Arenal, Manuel Antonio, qué país! Y qué hace usted aquí? Yo no saldría nunca de Costa Rica si fuera usted.
Que extraño, pensé, yo creía que estaba en el mejor lugar del mundo, Nueva York, Broadway, el fastuoso hotel, y esta señora haría lo que fuera por estar en mi país. La experta en sugerirle a las personas que provienen de todas partes del planeta a cuales lugares acudir en la capital del mundo, en la Mecca del espectáculo, haría cualquier cosa por estar en Costa Rica. Sólo entonces entendí, dado el privilegiado estatus de la boletera, que Costa Rica era uno de los sitios más deseados del mundo. Este tipo de experiencia se ha repetido varias veces a lo largo de mi vida.
Sin duda alguna Costa Rica es uno de los destinos más famosos del mundo. Todos lo saben, menos nosotros. Porque si estuviéramos conscientes de que este es nuestro verdadero petróleo, creariamos condiciones objetivas y subjetivos, para explotar esta maravilla de la naturaleza, y ya habríamos dejado de ser un país tercermundista. Solo por citar un ejemplo: una de las mayores limitaciones que tiene nuestro país es no contar con un aeropuerto de primer mundo que permita el arribo mayor de turistas. Cuando se inició este boom, inmediatamente debimos iniciar la construcción del aeropuerto internacional de Orotina y la ruta a Caldera, absolutamente indispensables. A estas alturas seguimos dando vueltas y más vueltas a un problema cuya solución es tan evidente y obvia. Lo mismo puede decirse de las terribles condiciones que presentan los parques nacionales o los caminos vecinales, etc.
Esta forma de ser del costarricense, ayuno siempre de iniciativa, vago, portami, nos ha estado regresando a la época de las carretas (solo piensen en la infame platina). Y termino con otra anécdota de la vida real. Un dia le pido una cita al Alcalde de San José para discutir el grave problema que presenta la capital con el olor a orines alrededor del Teatro Nacional, basura por todas partes, indigentes por doquier. Le habló del tema y de cómo podríamos resolverlo y me dice: no, eso no tiene solución alguna, así son las grandes ciudades del mundo y así es San José. Un Alcalde que no tiene interés alguno en salvar su ciudad. Por eso los extranjeros, entre ellos, cuando conversan sobre Costa Rica, frecuentemente dicen: no vaya a San José, no pierda su tiempo alli. Y el Museo de Jade? y el Museo de Oro? y el Museo Nacional? Con gran pena vi durante muchos años a los turistas llegar felices en buses y busetas al Gran Hotel Costa Rica, subir a su habitación, ponerse cómodos y salir del hotel para aventurarse en la ciudad. Apenas llegaban a la avenida segunda y veían el espectáculo decadente de esta Sodoma y Gomorra, presurosos se devolvían al hotel, temerosos de que algo peligroso les ocurriera.
La capital de nuestro país merece mejor suerte; es el asiento del Congreso de la República, del fabuloso Teatro Nacional, del maravilloso edificio del correo, y tantos otros sitios de gran valor patrimonial. Pero la culpa es nuestra y solo nuestra, porque en ese afan de solo presentar a Costa Rica como un destino de aventura y ecología, hemos convertido nuestras ciudades en sitios sin ningún imán turístico, como si allí no hubiera historia, ni civilización, ni cultura. Del aeropuerto directo a la playa o al volcán. San José cada vez parece más una ciudad fantasma, a pesar de sus hermosos parques, barrios, fuentes, teatros, plazas, museos.
Ningún país del mundo se avergüenza de su capital, ningún país del mundo esconde su capital. Ya es hora de integrarla al itinerario del turismo nacional.